Por Nacho Blaconá
No quiero prender la luz.
Ella no está y yo pienso con crueldad, que algún “amigo” la llevó a tomar algo,
y la acompañó luego a tomar un taxi,
y se estaban por despedir,
y el la sujetó un segundo más de lo debido.
Entonces yo doy vueltas en la cama,
me incorporo con dificultad
y me siento encorvado en el borde,
entre chuchos de frío y sudor premortuorio.
Y me pongo las pantuflas
un pullover enroscado en el cuello
y me voy arrastrando
a mi caja de recuerdos,
y me revuelvo de dolor viendo fotos viejas,
(es como un masoquismo de nostalgia)
E intento llorar y fracaso nuevamente
y me voy hasta el baño,
temiendo caer muerto
o aplastado por mi cabeza que pesa cada vez más
y meo dos o tres gotas (porque tengo incontinencia urinaria)
y me miro al espejo demacrado
me avergüenzo de mi ridiculez,
y me imagino como un payaso en su camarín,
después de la última función
y pienso si mi viejo tendrá todavía ese revólver en su mesita de luz..
Y vuelvo a pensar en ese “amigo”
si le estará diciendo : “quedate un rato más…te invito una cerveza”
y el único, triste y lamentable consuelo de un cigarrillo
es lo más real de esta imagen:
de un lado hay humo y del otro un fantasma.
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